domingo, 27 de febrero de 2011

El Grado Cero de la Voz.


Se enciende la máquina, se ajustan las marchas, se calientan los motores y comienzan a caminar por senderos separados que en el punto más oscuro de tan desierto paisaje retoman su encuentro, se cruzan sin dejar huella, sin embargo, se apoderan heridas profundas, nunca resueltas, se dan muerte, siendo fuertes y dolorosas, dejan firma que penetra las entrañas, y las palabras haciendo pirámides junto a las ideas truncadas por la asfixia que genera su propio pensamiento, todo aquello filtrado en el remolino de lo inesperado, de lo jamás buscado sin embargo puesto en pie bajo el signo de lo grotesco, queriendo hacer de un azulejo múltiples pedazos de piedad, sueltos en el asfalto caliente que soporta los pies de aquellos seres perdidos en la velocidad de las noches, aplastadas por los propios deseos inconclusos, pidiendo respuestas a cosas inexplicables con costales llenos de culpa que protestan el propio sentimiento y lo rechazan haciendo las mismas cosas pero siempre con un sentido distinto, jamás lo mismo, siempre más igual a menos. Disparando ansiedad, generando límites y rompiendo sus propios esquemas, alejándose del frío para internarse en la penumbra que asusta hasta a las criaturas más fuertes, dejándolas en el sitio menos anhelado: La soledad absoluta que viene y va como la sangre por las venas de un cadáver en el momento supremo de putrefacción. Y las miradas derrumbadas jamás comprendidas perdiéndose en el grado cero de la voz.

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