Ahí estaban, se quejaban, gemían como lobos en el desierto masacrados por los vestigios de los militantes que se quedaron absortos en el tiempo donde la medusa cubrió la arena pálida y maltratada por los pies descalzos de aquellos hombres que jamás pisaron tierra firme, sino que se quedaron hundidos en pantanos de fluorescentes ilusiones, movedizas estrategias de supervivencia, cuando la existencia deja de generar presión en las alcobas de las noches negras y largas como infinitas en el mundo que se mece al propio compás de aquellas manecillas que se quebraron en la inmovilidad del tiempo vivido, del flujo repartido por los encantos de la dulce soledad que arrastraba hasta con la estrella más pura.
El silencio se perdió entre rostros que se desdibujaron con el viento del sur que sacudía los espacios vacíos donde no cabía más que la incomodidad de una falsa explicación de cómo es que sucedieron aquellas horas en vela, cuando alrededor de las dunas se morían lentamente las persianas como ojos que giraban sin parar en un cuadro finito e intransitable.
Entre las falsedades de la geometría y la apertura a lo ilegal: secuencias, fragmentos, juegos de color, luces invertidas, óptica, elementos que componen un plano que cuando se tridimensionaliza se disuelve y como planicie, adquiere nombre propio:
domingo, 22 de mayo de 2011
Lobos Desérticos
domingo, 27 de febrero de 2011
El Grado Cero de la Voz.
Se enciende la máquina, se ajustan las marchas, se calientan los motores y comienzan a caminar por senderos separados que en el punto más oscuro de tan desierto paisaje retoman su encuentro, se cruzan sin dejar huella, sin embargo, se apoderan heridas profundas, nunca resueltas, se dan muerte, siendo fuertes y dolorosas, dejan firma que penetra las entrañas, y las palabras haciendo pirámides junto a las ideas truncadas por la asfixia que genera su propio pensamiento, todo aquello filtrado en el remolino de lo inesperado, de lo jamás buscado sin embargo puesto en pie bajo el signo de lo grotesco, queriendo hacer de un azulejo múltiples pedazos de piedad, sueltos en el asfalto caliente que soporta los pies de aquellos seres perdidos en la velocidad de las noches, aplastadas por los propios deseos inconclusos, pidiendo respuestas a cosas inexplicables con costales llenos de culpa que protestan el propio sentimiento y lo rechazan haciendo las mismas cosas pero siempre con un sentido distinto, jamás lo mismo, siempre más igual a menos. Disparando ansiedad, generando límites y rompiendo sus propios esquemas, alejándose del frío para internarse en la penumbra que asusta hasta a las criaturas más fuertes, dejándolas en el sitio menos anhelado: La soledad absoluta que viene y va como la sangre por las venas de un cadáver en el momento supremo de putrefacción. Y las miradas derrumbadas jamás comprendidas perdiéndose en el grado cero de la voz.